El lago de Taizé
rodeado de silencio,
acoge a todo el mundo,
con los brazos muy abiertos.
El agua tranquila
se mueve por el lago
y los patos y peces
en ella van nadando.
Azules, verdes, grises…
en el agua se reflejan
y llenan este paisaje
de hermosura eterna.
Cada hoja de un color
cada rama diferente
pero a la vez,
con una simetría perfecta.
Las nubes se van moviendo
juntas como una manda,
y nos proclaman:
una gran tormenta.
Pequeñas flores rosas
dan un color especial
a este paisaje
diferente a los demás.
Y en el inmenso silencio
que gritan los jóvenes
hay una esperanza
de alcanzar la felicidad.
Miles de personas
lo visitan cada día
pero todo el mundo
respeta su armonía.
La serenidad que se respira
te ayuda a meditar
y a sentir la vida
como un don del que gozar.
Es una pena
que lo hayamos de dejar
porque es un paisaje
que te hace disfrutar.
Pero olvidare es imposible
porque nuestras mentes no borraran
en toda nuestra vida
este lago tan especial.
9 de agosto del 2002