Año tras año, y siempre el mismo día la lotería va sembrando ilusión allá por donde pasa.
Va dejando huella en diversas localidades, bueno huella y para alguno que otro un buen pellizco.
Hay quien compra un montón de décimos y no le toca ninguno, y en cambio siempre existe esa persona, que no sabe como pero el décimo premiado cayó en sus manos, y por obra del destino hoy ha llenado su bolsillo de algo más que chatarra.
Su bolsillo y el del banco, porque al fin y al cabo, la mayoría de los pellizcos que han tocado hoy van a parar a los bancos: que si pagar la hipoteca, las letras del coche, el préstamo de la boda...
Los que se han quedado como estaban, es decir, que por muchos décimos que llevaran no les ha tocado ni un reintegro se consuelan con tener salud, felicidad, trabajo... y no es un mal consuelo, porque realmente aunque el dinero nos ayude a tapar esos agujerillos que todos tenemos, no nos abre las puertas de la felicidad.